Strangers
En un tren
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Llego quince minutos antes de la salida del tren. Dudo entre bajar hasta la vía que me toca o esperar fuera, a pleno sol. Pero estoy cansada y lo único que me apetece es quedarme en el andén, viendo pasar trenes y minutos.
He tenido un día de mierda, desde que me he despertado hasta ahora. Y para rematar, tengo que coger este maldito tren para ir a un seminario al que me apunté sin ganas, aunque me puede venir bien para el trabajo.
Paseo mis nuevas zapatillas Adidas, marrones con las bandas amarillas, que me compré hace poco después de ver que mi influencer favorita las llevaba.
Me recojo mi pelo, largo y castaño, en una trenza mal hecha. No me siento especialmente guapa, pero… ¿qué más da?
Camino hasta donde puedo leer la pantalla con los horarios. No suelo coger trenes, y lo último que me faltaría sería perderlo. ¡Sería un caos!
Pero no, me concentro en la pantalla y rezo para que esos minutos pasen volando. Solo quiero subir al tren y leer un rato, por lo menos.
Cuando ya he comprobado tres veces que estoy en el sitio correcto, me permito el lujo de mirar a mi alrededor. Una amalgama de gente de diferentes edades, acentos y colores me rodea. Sonrío. Me gusta ver lo distintos que somos todos, al menos por fuera.
Mi vista salta al andén de enfrente, que se ve de forma intermitente porque los trenes pasan una y otra vez.
Máquinas de bebidas, check.
Abuelas preguntando a un empleado, check.
Turistas con bicis y maletas, check.
Chico guapísimo… check.
¡Eps! ¿Cómo que chico guapísimo?
Intento fijarme bien, pero justo pasa un tren por mi vía. Miro la pantalla: no, no es el mío. Uf, todavía queda.
Vuelvo la mirada hacia él. Lo veo de nuevo: pelo despeinado, vaqueros anchos, camiseta blanca y… oh, unas zapatillas muy parecidas a las mías. Sonrío para mí. Está hablando y gesticulando con alegría.
Ya no puedo apartar la vista.
Van pasando los trenes y él sigue ahí, hablando sin parar. Lo busco cada vez que desaparece tras otro convoy.
Y entonces —ups— me pilla mirándolo. Bajo la mirada, pero cuando pasa otro tren, la levanto otra vez.
Ahí está. Sonriéndome.
No puedo evitar devolverle la sonrisa.
Otro tren. Otra mirada. Y otro más.
Empiezo a ponerme nerviosa y no sé qué hacer.
Miro la pantalla. Todavía no anuncian mi tren, pero sé que queda poco. Pienso: “ya podría ser de esos días en los que se retrasa…”, aunque con mi suerte, seguro que no.
Pasa otro tren, y de repente lo veo acercarse a la vía. Se señala el pecho y se lleva las manos a la boca.
Creo leer: Mateo.
¡Dios! ¡Me ha dicho su nombre! Sonrío. Sonrío. Sonrío.
Otro tren. En uno de los vagones con grafitis, me hace señas: “Dime tu nombre”.
Cuando vuelve a desaparecer el tren, me acerco a la vía e imito su gesto.
Susurro en voz alta: Alba.
Él se ríe como un loco. Yo también. Me da vergüenza, la gente empieza a mirarnos.
Me grita algo, creo que me pregunta adónde voy, pero no me entiende.
Nos reímos otra vez.
Pasa otro tren.
Sé que queda poco tiempo: anuncian el mío. Dios mío, ¿qué hago?
Lo miro. Me señala el tren que acaba de pasar.
“Era mi tren”, me dice con gestos.
—No —respondo.
Él asiente. Levanta las manos, impotente, y me señala.
Miro la pantalla. Le digo que el mío pasa ahora.
Niega con la cabeza: no lo cojas, Alba, no lo cojas.
El corazón me late tan rápido que apenas puedo pensar. Oigo risas a mi alrededor.
Mi tren llega. Es largo, muy largo, y justo abre las puertas frente a mí.
Tengo que decidir: ¿subo o no subo?
Me muerdo el labio, intento verlo al otro lado, pienso en la excusa que daré por no haber llegado a tiempo.
Pero las puertas se cierran. No he subido. Me quedo paralizada.
Entonces todo se despeja. Solo lo veo a él.
Me señala la escalera. Quiere que suba. Dudo. Me dice: “¡Venga!”, y se echa a correr.
Yo también corro. Subo una escalera, luego otra. No sé si estoy haciendo el ridículo, pero me siento más viva que nunca.
Llego al vestíbulo. Es enorme. Hay muchísima gente, pero no lo veo. El miedo me atraviesa el cuerpo.
Doy vueltas sobre mí misma, perdida.
Y entonces escucho:
—¿Alba?
Me giro.
Es él.


