Stranger things
y otros virus...
Estoy en la cama. Rodeada de kleenex y de toda clase de medicamentos que he ido encontrando por casa. Escucho a Sade y, aunque estoy un poco mejor que ayer —cuando el virus me atrapó definitivamente, después de un mes persiguiéndome sin cesar—, me duele todo. El cuerpo y, un poco, también el alma. Porque cuando tu energía está por los suelos, todo se resiente.
A pesar de esto, y de todo, he cogido el ordenador para escribir esta newsletter, sabiendo que escribir es el mejor antídoto para mí. Para todo.
Y aquí estoy, con ganas de contaros el tema que había pensado para este semanario: los personajes. La clave de cualquier historia, ya sea escrita, en formato canción o en una película. Los personajes, si están bien construidos, lo salvan todo.
En la ficción y en la realidad. Porque en la vida las relaciones personales lo son todo. Somos animales sociales y venimos aquí para conocernos, para amarnos, para vivirnos. Las otras cosas —el trabajo, el dinero, todo lo que nos rodea— son un mero paisaje, un contexto. Nuestra historia la protagonizamos nosotros, junto a todos los que nos rodean.
Todo esto viene porque estoy revisitando una serie mítica, Stranger Things, con mis hijos, ya adolescentes. La había visto con alguno de ellos, pero ahora la estamos viendo todos juntos. Al principio se quejaban, pensaban que no les gustaría, y ahora estamos tan enganchados que no podemos dejar de verla.
Lo mejor de esta serie es que, al final, los monstruos —lo que da miedo de verdad— quedan en un segundo plano. Lo que se te queda grabado en el corazón es lo que transmiten los personajes: la amistad, el amor, la fuerza y el coraje que demuestran cuando se unen para enfrentarse al mal. Y esa valentía solo es posible porque lo hacen por los otros. Por sus hijos, por sus amigos. Es ahí donde aparece nuestra mayor fuerza.
Y esto, independientemente de la edad que tengas, te toca. Te remueve. Te hace pensar en quién eres tú en tu propia historia, y en quiénes son los personajes que te acompañan. Porque, al final, cuando todo se cae, lo único que permanece es eso: los vínculos. Y la forma en que decidimos cuidarlos.
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Si te paras a pensarlo, todo lo que ocurre en la serie —los poderes mentales de Once, los monstruos que entran dentro de las personas, las energías que se activan para luchar contra el mal— puede leerse también como un paralelismo con la realidad.
Porque en nuestra vida cotidiana también nos encontramos, continuamente, con cosas extrañas. Sensaciones sin explicación. Miedos que no sabemos de dónde vienen. Fuerzas invisibles que nos empujan o nos bloquean. Personas que cambian de repente, sombras que se cuelan dentro, y otras que, sin saber muy bien cómo, nos ayudan a salir.
Quizá no tengamos poderes sobrenaturales, pero sí una intuición que avisa, una energía que se activa cuando hay que proteger a los nuestros, y una capacidad enorme de resistencia cuando el amor está en juego. Y eso, al final, no es tan distinto de lo que cuentan las buenas historias.
Porque tanto en la ficción como en la vida, lo importante no es el monstruo que nos azota, sino con quién decides enfrentarlo.
Feliz semana
Mia


